Novelas románticas a la venta

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miércoles, 15 de agosto de 2012

La locura entre el centeno


Mi maestro de Dibujo Natural en la Universidad solía decir que si una obra provocaba un sentimiento, bueno o malo, entonces era exitosa porque el artista había logrado inspirar algo en otra persona. Recuerdo sus palabras cada vez que contemplo una obra de arte, escucho una canción, veo una película o leo un libro y me doy cuenta que hablaba con la verdad.
Si una creación despierta fuertes sentimientos en mí entonces me doy por bien servida aunque sean negativos. Reconozco el mérito que tiene el ser capaz de tocar las fibras de otro ser humano. El sueño de todo artista es que su obra sea reconocida y perdure a través del tiempo y eso sólo se logra despertando emociones. Desafortunadamente, en muchos casos el artista parece ser más recordado por sus excentricidades que por sus creaciones. En otros tantos una sola obra o personaje eclipsa al resto y el artista es recordado sólo por su creación más notable.
Este pareciera ser el caso de The Catcher in the Rye (El cazador oculto o El guardián entre el centeno) escrito en 1951 por J.D. Salinger, considerado por muchos como uno de los libros más importantes del Siglo XX. Esta obra es lectura obligatoria en el sistema educativo de Norteamérica y ha alcanzado fama mundial aunque no precisamente por su valor literario.
Este libro fue altamente criticado por sus numerosas referencias al alcohol, a las drogas y a la prostitución. La conservadora sociedad de la época lo repudió y calificó a su protagonista, Holden Caulfield, de  instigador que utilizaba lenguaje ofensivo y contaminaba las mentes de los jóvenes lectores. No es de sorprender que con el tiempo se convirtiera en una de los libros más prohibidos.
Parecía suficiente para descalificarlo pero lo peor aún estaba por venir. En 1980, David Chapman asesinó a John Lennon y se sentó a leer El guardián entre el centeno mientras esperaba la llegada de la policía. Dijo que la mayor parte de él era Holden Caulfield y el resto era el diablo. En 1981, John Hinckley Jr., quién intentó asesinar a Ronald Reagan, declaró que estaba obsesionado con el libro de Salinger. En 1989, Robert Bardo, asesinó a la actriz Rebecca Schaeffer y tenía en su posesión una copia de este libro cuando la policía lo arrestó en su domicilio.
Las preferencias literarias de estos perturbados hombres parecían sólo una inocente coincidencia pero pronto comenzaron a surgir numerosos reportes de asesinos que encontraron inspiración en Caulfield. Hay un estudio que dice demostrar que 9 de cada 10 asesinos poseen una copia del libro. Otro que afirma que El guardián entre el centeno está entre los tres libros favoritos de los asesinos en serie. Los conspiranoicos afirman que el FBI recibe una alerta cada vez que se adquiere este libro en Norteamérica.
Son datos interesantes pero no me parecen concluyentes. Me parece comprensible que tantos asesinos se hayan sentido identificados porque el personaje principal es un adolescente rebelde que no encuentra su lugar en el mundo pero eso es todo. No hay nada más entre sus páginas que parezca incitar a la violencia o que glorifique el asesinato. Por el contrario, es una novela que nos recuerda las inseguridades, temores y sueños que teníamos en la adolescencia, todos pasamos por eso.
El guardián entre el centeno ha tenido que sufrir esta inmerecida fama durante años, incluso se ha utilizado su relación con psicópatas en películas y programas de televisión donde el asesino carga consigo una copia del libro. Es una lástima que esta novela sea en ocasiones más conocida por los infames personajes que lo han leído que por su valor literario.
No voy a presumir de no haber sido víctima de la publicidad injusta, confieso que lo leí esperando encontrar en algún capítulo la explicación a la obsesión de los asesinos por este libro y lo único que encontré fue un adolescente cualquiera con impulsos y sentimientos normales. Un joven irresponsable que inspira al lector a sentir compasión y deseos por ayudarlo. Las situaciones que Holden atraviesa son tan reales como las que nosotros vivimos a su edad.
Seguramente esos asesinos poseían también otros libros pero la obra de Salinger tuvo la mala suerte de ser la más mencionada y por lo tanto la que salió peor librada. En fin, se dice que “No hay mala publicidad” así que mientras se siga hablando de esta obra, aunque se relacione con algo negativo, puede atraer nuevos lectores. De preferencia unos cuyas acciones no sigan dándole mala fama a este gran libro.
La imagen utilizada es propiedad de la Editorial.

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